ENTRE EL AMOR IDEAL Y EL AMOR REAL

Todos en la infancia experimentamos la emoción de un cuento de hadas; todos, sin excepción, imaginamos lo bella que sería la vida si lográramos encontrar una persona que nos amara a pesar de nuestras circunstancias.  En condiciones ideales, esa persona compartiría nuestros ideales, nuestras creencias, nuestra historia y, en caso de lo contrario, esa persona obraría de redentor: el príncipe que se enamora de la chica pobre o la chica buena que redime al monstruo.  Todos, anhelamos esa historia de amor que culmina con el vivieron juntos para siempre.

Pero….  Será que podemos ser tan perfectos como los personajes de los cuentos de hadas?  En una visión pesimista, tendría que decir que ni siquiera las hadas existen y que estas son una metáfora de los sueños y metas que se cumplen cuando se cuentan con las virtudes y capacidades necesarias para realizar los sueños.  No hay un hada madrina que convierta la calabaza en carroza, pero sí un espíritu emprendedor que lucha hasta alcanzar el propósito, no hay un monstruo que se convierta en un ser bueno, pero si un ser humano con múltiples facetas.

Idealizar las relaciones es una constante que se nos presenta a todos los seres humanos, creemos que el amor es un sentimiento puro y desinteresado, sin límites, que todo lo puede, todo lo soporta.  En realidad, la vivencia del amor tiene obstáculos, que más allá de mellarlo, lo fortalecen y enriquecen: amar es aceptar teniendo en cuenta los límites, un límite que está marcado por el amor propio y la necesidad de bienestar.  Por eso, amar es reconocer que a pesar de la falta, esa persona me complementa.

No hay seres perfectos, hay circunstancias propicias.  La relación perfecta es aquella en la que el otro, en su singularidad, me inspira a dar mi mejor versión.  Una mejor versión que está dada por la posibilidad de entender la necesidad afectiva del otro, por entender los límites y aceptarlos, por  buscar que la integridad física, emocional, mental y social de esa persona amada sea estable.

Detrás del vivieron felices está una Bella Durmiente amorosa pero perezosa;  un Bestia que, así sea guapo, es malgeniado y una Blancanieves despistada que confía en todos sin la sagacidad de leer el peligro. Singularidades que cada uno de ellos debe comprometerse a modificar pero que, a su vez, sus príncipes y princesas, van comprendiendo y ayudando a trascender.  Evidentemente, hay un límite de la comprensión un momento en el que se puede descubrir que la carga no es tan llevadera y así el “felices para siempre” pasa a ser el “felices hasta que se pudo”;  tan válido y tan maravilloso como el amor eterno porque cuando se abraza la individualidad también se puede decir “te amo, pero soy feliz sin ti”.

Mi invitación, entonces, es a vivir con intensidad ese momento de amor, a capitalizar cada experiencia y cada sensación, a entender que en el amor también hay límites que se marcan en el bienestar de ambos, a entender que enamorados significa “en amor dos”  y que ambos ponen desde lo que son y no desde lo que el otro cree o espera.  No necesitamos que otro nos ame, necesitamos amarnos para que ese sentimiento sea más grande ante la presencia de otro.

 

 

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