FIDELIDAD COMO OPCIÓN.

Entender las relaciones de pareja como una dinámica en la que, al menos dos aportan, es un asunto muy cultural. El concepto de posesión varía de pueblo en pueblo y está asociado a la necesidad de entender la historicidad y las motivaciones religiosas y culturales de prácticas como la poliginia y, más recientemente, el poliamor.

En el caso de la poliginia, culturas como la del Medio Oriente apelan a la necesidad de garantizar el heredero, de establecer lazos de seguridad en caso de la muerte del hombre o de fortalecer acuerdos económicos. Nada de esto implica un asunto de infidelidad porque, hasta el mismo Corán exhorta a ser ecuánimes en el trato afectivo y económico de las esposas. Desde este punto de vista, lo religioso adquiere un matiz importante; en el caso del Cristianismo, entender que fidelidad etimológica-mente se asocia al concepto de Fe (es decir, de dar la palabra, de hacer una promesa) implica una relación bidireccional, un contrato entre dos que se da por el hecho de  la confianza.  Así las cosas, la fidelidad es una construcción que se da desde la tradición de nuestras creencias y que apela a la necesidad propia del contexto.

Caso aparte es el poliamor, una práctica que se ha venido extendiendo entre las parejas, sin distingo de creencia o cultura. El poliamor es un amor libre, sin ataduras y complejos, es una relación en la que las partes aceptan que el otro puede tener deseos y ansias que busca satisfacer en otros espacios, circunstancias y con otras personas.  Es entender que el otro tiene opciones.  No muchos entienden este concepto, la necesidad de pertenencia y posesión es tan profunda que, inevitablemente, lo que al principio parece ser una relación moderna y madura termina siendo en un conflicto doloroso para las partes implicadas, más aún cuando en la ecuación se presentan consecuencias no esperadas porque, no nos digamos mentiras, un embarazo o  una enfermedad de trasmisión sexual no son precisamente una condición agradable si no es parte del plan o del deseo de los involucrados.

Creo que el asunto de base es entender que el amor no es una posesión sino una opción: Yo elijo hacer pareja con alguien, elijo depositar mi confianza y mi amor en ese ser, elijo adaptarme a las condiciones culturales y al contexto en el que estoy.  Para el caso de nosotros los latinos, la gran mayoría elige una pareja, es decir, opta por una relación de dos por tanto, en esa línea, su decisión debe ser consecuente con sus formas de actuar: si mi decisión está cifrada en un ser que me inspira amor, que me permite crecer  y me posibilita sentirme completo, no es justificable que busque en otros lo que puedo construir con mi pareja.  El amor es una construcción imperfecta, hay momentos de logro y de sacrificio, hay completud y hay falta… la cuestión es que si he asumido un compromiso desde la reciprocidad, debo también generar espacios para el encuentro, para el crecer, para explorar y  para modificar.  Los seres humanos no son perfectos, no todos tienen el mismo potencial, en las relaciones de pareja cada una es distinta, por tanto, nada va a ser perfecto y sólo en la conciencia de que mi pareja ni ninguna otra u otro va a ser perfecto podremos optar por la fe de que el otro puede llegar a ser lo que necesito desde su singularidad, desde lo que le falta, desde lo que es.

 

 

 

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